sábado, 17 de septiembre de 2016

Cortometraje: En la Brecha






A través de un día en la vida de un obrero afiliado a la CNT, el documental expone el funcionamiento anarcosindicalista en la organización confederal de los puestos de trabajo y la instrucción en la retaguardia. En la brecha (1937), es un cortometraje producido en plena revolución social por la Industria del Espectáculo de Barcelona, colectivizada por la CNT, y dirigido por Ramón Quadreny, que hacía aquí su debut cinematográfico (en los años 40 dirigiría largometrajes como «La alegría de la huerta», «La chica del gato» o «Ángela es así»)

viernes, 16 de septiembre de 2016

Por estos días, el patriota siente infinito placer al ver al inmigrante disfrazado de huaso o portando banderitas sobre su cuerpo. Es el placer de la conquista del otro, del cuerpo del otro, que deberá doblegarse siempre y duplicar su fuerza de trabajo a cambio de menos monedas de las que habrá de merecer cualquier connacional.

No hay nada que cause más placer a un patriota que mirar a un niño haitiano vestido de huaso para ir a la escuela chilena. Placer y morbo, a sabiendas de que los padres de ese niño seguirán barriendo las calles santiaguinas mientras el Estado chileno y su brazo armado sostienen la ocupación militar en aquel territorio de la negrura adolorida.

Lo que el artificio patriotero no podrá disfrazar es la miseria del anciano que recorre las bien barridas calles de la patria, vendiendo banderas tricolores para poder masticar el pan. A esa vergüenza, no hay poncho huaso que le quepa.

El Carnaval Autogestionado de Cerro Navia celebrará la 7° edición

«Practicando el apoyo mutuo en la población, construimos nuestra historia hacia la autogestión», se puede leer en la invitación al 7° Carnaval autogestionado de Cerro Navia, que se desarrollará el 12 y 19 de Noviembre de 2016 en la combativa Comuna del norponiente de Santiago. Conmemorado desde noviembre de 2009, comunidades, organizaciones y vecinos ya se encuentran difundiendo y coordinando la próxima edición del carnaval, para lo cual están convocando a una reunión para el domingo 25 de septiembre a las 17:00 hrs, en la plaza ubicada en Vicuña Rozas con Sofanor Parra (a 2 cuadras de Neptuno), en donde todos los que quieran apañar se pueden acercar. A continuación compartimos un texto difundido desde el evento del carnaval ¡Salud! 

Somos herederos de una larga historia de lucha, de organización y prácticas que han llevado adelante desde sus inicios los pobladores de estos territorios... hemos heredado triunfos y derrotas, aciertos y errores, prueba de ello son nuestros mismos hogares, nuestras poblaciones, que nacieron de la misma organización de la comunidad y del aguante de nuestra gente, que tuvo que soportar inviernos en campamentos; que ha tenido que soportar carencias; que ha tenido que soportar pacos y milicos, que con sus embestidas, solo en el pequeño sector que hoy llamamos Cerro Navia nos han dejado más de 50 luchadores asesinados, y ni así fueron capaces de parar la resistencia y autodefensa, se les siguió dando cara, a partir de ollas comunes y barricadas, incluso declarándose territorio autónomo en innumerables ocasiones durante la década de los 80, llevando a cabo un paro comunal el 84 y haciendo escapar al dictador en el 88.

Fue nuestra gente la que le puso el pecho a las balas y derrocó a la dictadura, para luego ser engañada por individuos que tuvieron una vida de lujo en Europa, quienes llegaron a acomodarse en el poder, creando una falsa ilusión de triunfo desplazando la figura militar por la de un gobierno democrático camuflado por un arcoíris, prometiendo soluciones a través de ayuda institucional, haciéndonos pensar que la organización ya no era necesaria, cayendo así en el asistencialismo y la comodidad. Hemos tenido que soportar la infiltración de la pasta base en nuestros territorios desde la dictadura y su incentivo durante la democracia, lo que ha arruinado la vida de innumerables niñxs y familias, todo esto provocó la desarticulación de los pobladores y la eliminación de las organizaciones.

Hemos tenido que soportar contaminación y consultorios indignos; hemos tenido que soportar la peor educación de la región metropolitana; y ahora tenemos que soportar la aparente atomización y separación de nosotrxs, ya no disfrutamos entre vecinxs... pero a pesar de todo, el apoyo mutuo siempre ha estado, a veces latente y otras claramente manifestado, y a partir de él, seguiremos luchando apelando a la organización del pueblo, pero no a la misma organización de antaño, vemos críticamente los procesos de lucha llevados a cabo a lo largo la historia, debido a sus tintes autoritarios, que reproducían lógicas paternalistas y patriarcales, que los llevaron a confiar en el Estado.

Nuestra propuesta es la auto-organización de los pobladores de manera horizontal, solidaria y autónoma. Rechazando todo tipo de jerarquías, las que se manifestaron y manifiestan en la organización pobladora principalmente de 3 maneras: la dependencia y confianza en el Estado y partidos políticos, la jerarquización de la organización, y la división de roles por género y edad. Para superar estas equivocaciones apelamos a que las decisiones sean tomadas en asamblea y que la realización de los trabajos colectivos sean realizados por los individuos según sus capacidades, gustos e intereses. Es decir desde la autogestión demostraremos que nunca bajaremos los brazos, nunca estaremos totalmente derrotados, de cada caída nos levantaremos con más fuerza... con amor, rabia y alegría transformaremos nuestra realidad y construiremos un mundo en libertad...

“Practicando el apoyo mutuo en la población, construimos nuestra historia hacia la autogestión”

Para mayor información pueden visitar el evento
7° carnaval autogestionado de Cerro Navia

 

martes, 13 de septiembre de 2016

Reflexiones contra la autoridad

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie (1530 - 1563) ya denunciaba de forma sensata el poder que tiene la costumbre en nuestra manera de pensar y comportarnos. Es cierto: cuando nos habituamos a algo, cambiarlo es realmente difícil. Sobre todo si hemos estado sujeto a aquello desde nuestro nacimiento o si ha trascendido a una o varias generaciones. Cuando esto ocurre, para la mayoría de las personas su motivo de costumbre pasa de ser una realidad a ser la realidad, algo establecido y rara vez cuestionado, formándose así los convencionalismos sociales arbitrarios y los racionales que constituyen el sentido común. Poner en duda cualquiera de estas verdades es considerado una locura, siendo que la auténtica locura reside en pensar un mundo amutable, rígido y, por consecuencia, sin historia.

Hoy en día difícilmente se permitiría que una persona fuese dueña de otra y sin embargo hubo un tiempo en que la esclavitud y la monarquía fueron vistas como algo más que aceptable, algo que debía ser. Lo normal y el sentido común, en éste y muchos casos más, no se configuran a partir de un pensamiento racional, sino que se van estructurando en la medida en que las prácticas se hacen más cotidianas y no existen las condiciones materiales para cuestionarlas y transformarlas. Es por esta razón que para muchas personas es imposible concebir un mundo sin autoridades, pues han estado presentes durante buena parte de nuestra historia conocida y durante absolutamente toda nuestra historia particular:

Desde antes de siquiera poder dar nuestros primeros pasos, somos aleccionados en cuanto a cómo debe ser nuestro comportamiento frente a una autoridad. Las autoridades –nos dicen desde siempre– deben ser respetadas y obedecidas. Este precepto daña a la humanidad de un modo tan grande y difícil de percibir, que es doblemente peligroso.

En una sociedad como la nuestra, donde la participación social es increíblemente baja, tanto en la organización sectorial como en lo electoral, vale la pena el que nos preguntemos la razón del por qué.

El respetar y obedecer a alguien tan sólo por el hecho de ser una autoridad es un sin sentido. Tal modo de vida anula el cuestionamiento y el razonamiento que llevan al ejercicio del diálogo, la reflexión y el debate, coartando las posibilidades de entendimiento. De ahí la dificultad de plantear problemáticas y que éstas sean aceptadas y asumidas por los dirigentes de un país. La autoridad viene a suplantar a la razón de igual modo como quien ante una pregunta que desconoce o que no quiere tratar, elude argumentar respondiendo “porque sí” o “porque no”; debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque sí; no debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque no.

Lamentablemente no es todo. El uso de autoridades ha llevado a las personas a tener una concepción errada de lo que es la política. Por lo general se piensa que la política es aquello que hacen los políticos y, en menor medida, los movimientos sociales.

Esta visión, compartida por muchos, hace que la población vea el ejercicio político como algo ajeno, que no le corresponde y de lo que otros deben encargarse. La mayor proximidad que sienten es al momento de votar, cosa que hacen muy de vez en cuando y sólo la pequeña parte participa del proceso electoral. El resultado es una población pasiva que delega todas las decisiones importantes a un grupo muy reducido de personas.

Lo cierto es que todo lo que una persona hace (acción) o no hace (omisión) es un acto político. La política se desarrolla en numerosos campos, planos, dimensiones o niveles de acción y tan sólo uno de ellos es el electoral; quién vota lo hace por el candidato que mejor represente sus ideas o por intereses personales o partidistas, mientras que quién no vota puede estar dando un mensaje de apatía, indiferencia o descontento con la política tradicional. También hace política la persona que prefiere usar una bolsa reutilizable a una de plástico, la junta vecinal al reunirse para tomar decisiones en torno a su sector, el sindicato que busca mejoras para sus colegas, la organización de cualquier tipo y toda forma de autogestión, etc.

No todo lo que hacemos tiene una magnitud tal que pueda ser visible ante todo un territorio país, pero eso no debe preocuparnos. El primer paso para cambiar el sentido común cuando no se controlan ni se busca controlar los medios, es lograr cambios de paradigmas a nivel local.

Una cantidad no menor de cambios han comenzado así, desde experiencias locales que se replican lo suficiente para generar un cambio en el sentido común, y no desde las llamadas autoridades, limitándose éstas últimas a ejecutar o establecer de modo formal dichos cambios que en la práctica ya se encuentran andando, y lo hacen con la sola intención de evitar el estallido que se produce cuando la presión social ya es demasiada y que les perjudicaría de gran manera. Así las mujeres han conquistado gran parte de sus derechos, así se logró abolir la esclavitud y así se arrancó a la monarquía de su puesto privilegiado. Pero para ello, primero es necesaria la comprensión de que todos y todas somos seres políticos y tomar consciencia de que nadie lo representa mejor a uno, que uno mismo.

Una vez dejemos atrás la idea de autoridad, la razón, el diálogo y la reflexión podrán recuperar su lugar natural dentro de la sociedad. 


Primavera

viernes, 9 de septiembre de 2016

A propósito de la implementación del programa “Música a un Metro” por Metro S.A.

Esta semana los usuarios de Metro nos encontramos con la puesta en marcha del programa “Música a un Metro”, programa que fue altamente cuestionado en el mes de mayo cuando hizo pública su convocatoria, entre otras cosas, porque inicialmente contenía la prohibición de interpretar obras sobre política, sociedad, medioambiente y religión, además de limitar la ejecución de obras de autoría propia. 

Los colegas de la banda “Pelusa” han publicado una carta señalando, con mucho más conocimiento de causa que yo, una serie de críticas al programa, desde su condición de músicos seleccionados para ser parte de los 60 proyectos musicales que han sido autorizados por la empresa para presentarse en horario valle en 30 estaciones de las 100 que componen las líneas que están operativas en este momento.

“Pelusa” tuvo acceso al proceso de selección y al “acuerdo de compromiso” definitivo ofrecido por Metro S.A., por lo que en su declaración se pueden leer varios detalles que indican con claridad una falta de voluntad real para dignificar el trabajo del músico callejero, dejándome -al parecer- muy poco que agregar.

Sin embargo hay algo que escapa a lo observado como músicos participantes y que me ha tocado observar como simple usuario: la campaña gráfica que ha acompañado al programa.

Me he encontrado con tres interesantes carteles de andén. Uno muestra a los 60 talentos seleccionados felices de trabajar en el Metro, otro muestra -en una extraña caracterización- a un rapero cantando en un vagón y a otro pasajero sufriendo al tratar de hablar por teléfono y el último cartel muestra a un vendedor ambulante y a una joven con cara de inseguridad. Estos carteles explican que “el Metro que queremos depende de todos” por lo que aconsejan que “no compres a vendedores ambulantes ni dones dinero a músicos al interior de los trenes”.

Me resulta más curioso aún encontrarme con al menos otros dos carteles nuevos, que buscan que los pasajeros empaticemos con los guardias porque “para ser vigilante privado de Metro hay que sentir amor por los demás” o porque otro se siente tan chileno como uno porque le gustan los asados en familia, guardias además con nombre y apellido, “reales”. Son esos mismos guardias los que sacarán al músico que suba a tocar a tu vagón. La idea entonces es que tú apoyes con toda convicción a los vigilantes.

La música ha sido convertida en un funcionario y trabaja para Metro S.A. En cambio los músicos que la ejecutan intentan seguir trabajando aunque ya no de manera independiente sino más bien en un tranquilo limbo laboral. Se comprende que accedan a esta “oportunidad”. Ya lo dijo el tremendo Luis Jara en uno de los lanzamientos del programa: “quisiera que todos reconozcan el esfuerzo de Metro por dar el espacio, como corresponde, a todos los artistas callejeros”. En fin, cada oveja con su pareja.

Personalmente sólo me falta decir que lo que hace de algo un “objeto estético” es su capacidad de llamar la atención. La espontaneidad sin rumbo claro del artista callejero, esa misteriosa autonomía, su “precariedad” en relación a lo “mediático-profesional”, su mensaje intersticial en nuestro cotidiano, es lo que le da personalidad y lo que llama nuestra atención, no su “talento”. Al comprar el cuento del “talento shileno” que nos vende Metro y que nos vienen vendiendo hace rato por televisión, vamos perdiendo nuestra capacidad de poner atención en lo que vemos o escuchamos y nos adiestramos en el triste ejercicio de valorar la música según jerarquías impuestas por empresas en vez de crear nuestra propia escala de valores. Y así pasa también con todo lo demás… Ojo ahí…


Por Dr. Pez

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La jornada sueca de seis horas: una demanda histórica del anarcosindicalismo


Desde hace un tiempo circula la celebrada noticia de que en Suecia se adoptó la jornada laboral de seis horas. Así, el pueblo productor de aquella región, concretamente en Gotemburgo, experimentó disponer de más tiempo para tareas domésticas, ocio y descanso. Matthias Larsson, de 33 años (foto), aseguró a NY Times que gracias a la jornada de seis horas "puede pasar más tiempo con sus hijos, cocinar, limpiar e ir a hacer las compras". Erika Hellstrom (34 años), quien después de años de cumplir jornadas interminables comenzó a trabajar en una de las empresas suecas que está experimentando turnos de seis horas al día, declaró a la BBC:

"Para mí es absolutamente fantástico, tengo más tiempo libre para hacer deporte, salir al aire libre mientras todavía es de día o para hacer trabajos en mi jardín"

La iniciativa ha sido acogida como un gran avance, digna de estudiar e imitar. La demanda no es nueva, sin embargo. Los y las anarcosindicalistas hace largas décadas vienen levantando tal consigna. El apartado de disminución de la jornada de trabajo, del III Congreso de la organización anarcosindicalista de la región ibérica, C.N.T., celebrado en Madrid del 11 al 16 de junio de 1931, sostenía:

«Los perfeccionamientos técnicos, al intensificar la producción, permiten el mismo rendimiento con una jornada menor. No existe ninguna posibilidad técnica ni económica que impida la implantación de la jornada de seis horas.
Mientras nosotros preparamos la revolución, no podemos tolerar que el capitalista español obtenga beneficios exagerados haciendo un mínimo de inversiones y estrujando en cambio, el esfuerzo del trabajador.

Antes de tolerar ese criminal egoísmo, exigiríamos, no la jornada de seis horas, sino la de cuatro, si fuese necesario; y si para ello los beneficios del patrono bajan del 30 al 15%, tanto mejor, puesto que así sería facilitada la expropiación definitiva»
(1)

Dos años antes, la demanda era acordada en el congreso constituyente de la organización anarcosindicalista latinoamericana, ACAT, Asociación Continental Americana de Trabajadores. Reunión internacional conmemorada en Buenos Aires, Argentina, en 1929. Así quedó consignado en el documento confederal:
 
«Después de un largo debate, el Congreso Continental Americano resuelve hacer suya la resolución sobre las seis horas adoptada en el tercer congreso de la A.I.T. celebrado en Lieja». (2) 

La finalidad principal de la jornada de seis horas nos explica Ángel Cappelletti era la de encontrar un remedio parcial a la desocupación obrera provocada por la crisis económica. 

Vemos así como demandas históricas erigidas desde el anarquismo han sido paulatinamente recogidas, con sus ventajas y defectos, en el comportamiento social y por los marcos institucionales pertinentes. La influencia en las sociedades de las ideas anarquistas es algo constante en la historia de la humanidad. Anarquistas fueron quienes en el Chicago de 1886 levantaron el movimiento por las ocho horas. Anarquistas fueron quienes en la región chilena fundaron la FECH, organización universitaria que por momentos marca la pauta en las discusiones del país. Anarquistas fueron quienes ejercieron tempranamente el nudismo en España como una práctica de
liberación y en rechazo a «un sistema de valores obsoleto e hipócrita». Anarquistas fueron también quienes a principio de siglo pasado proclamaron la escuela libre de Francisco Ferrer i Guardia, sin premios ni castigos, sin exámenes ni discriminación por la casualidad del sexo al nacer.

En el siguiente vídeo, Federica Montseny, explica otros ejemplos de ideas anarquistas de “uso común” en la sociedad:









1- III Congreso de la CNT 

2- Acuerdos y resoluciones del congreso constituyente de la ACAT – AIT (1929)


N&A

martes, 6 de septiembre de 2016

La idea y la acción - Piotr Kropotkin

Los siguientes fragmentos corresponden a los capítulos II (La Idea) y III (La Acción), del libro «La Gran Revolución Francesa» de Piotr Kropotkin (Libros de Anarres, 2015, Colección Utopía Libertaria, basada en la traducción de Anselmo Lorenzo, realizada para «La Escuela Moderna» de Francisco Ferrer i Guardia). La Gran Revolución, obra que contó con el apoyo de James Guillaume y Ernest Nys, fue publicada originalmente en 1909 y constituye el fruto de más de 20 años de investigación. Para consultar el libro íntegro pueden hacer clic aquí. ¡Salud y buena lectura! (N&A)



CAPÍTULO II


LA IDEA 

Para comprender bien la idea que inspiró a la burguesía de 1789, hay que juzgarla por sus resultados, los Estados modernos.


Los Estados organizados, tal como los observamos hoy en Europa, sólo se bosquejaban al final del siglo xviii. La centralización de poderes que se advierte en nuestros días no había alcanzado aún la perfección ni la uniformidad actuales. Ese mecanismo formidable que, mediante una orden dada desde una capital, pone en movimiento todos los hombres de una nación dispuestos para la guerra, y los lanza a la devastación de los campos y a causar duelo en las familias; esos territorios cubiertos por una red de administradores cuya personalidad es totalmente borrada por su servidumbre burocrática y que obedecen maquinalmente las órdenes dictadas por una voluntad central; esa obediencia pasiva de los ciudadanos a la ley y ese culto a la ley, al Parlamento, al juez y a sus agentes, que se practica hoy; ese conjunto jerárquico de funcionarios disciplinados; esas escuelas distribuidas por todo el territorio nacional, sostenidas y dirigidas por el Estado, donde se enseña el culto al poder y la obediencia; esa industria cuyos engranajes trituran al trabajador que el Estado entrega a discreción; ese comercio que acumula riquezas inauditas en manos de los monopolizadores de la tierra, de la mina, de las vías de comunicación y de las riquezas naturales, y que sostiene al Estado; esa ciencia, en fin, que aunque emancipa el pensamiento y centuplica las fuerzas de la humanidad, pretende al mismo tiempo someterlas al derecho del más fuerte y al Estado; todo eso no existía antes de la Revolución.

Sin embargo, mucho antes de que la Revolución se anunciara por sus rugidos, la burguesía francesa, el Tercer Estado, había entrevisto ya el organismo político que iba a desarrollarse sobre las ruinas de la monarquía feudal. Es muy probable que la Revolución Inglesa contribuyera a anticipar la idea de la participación que la burguesía iba a tener en el gobierno de las sociedades. Es cierto que la revolución en América estimuló la energía de los revolucionarios en Francia; pero también lo es que desde el principio del siglo xviii y por los trabajos de Hume, Hobbes, Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Mably, D’Argenson, etcétera, el estudio del Estado y de la constitución de las sociedades cultas, fundadas sobre la elección de representantes, se había convertido en el estudio favorito, al que Turgot y Adam Smith unieron el de las cuestiones económicas y el de la significación de la propiedad en la constitución política del Estado. 


He aquí por qué, mucho antes de que la Revolución estallara, ya fue entrevisto y expuesto el ideal de un Estado centralizado y bien ordenado, gobernado por las clases poseedoras de propiedades territoriales o industriales o dedicadas a las profesiones liberales, y hecho público en numerosos libros y folletos, de donde los hombres activos de la Revolución sacaron después su inspiración y su energía razonada.

Es por esto que la burguesía francesa, en el momento de entrar, en 1789, en el período revolucionario, sabía bien lo que quería. Ciertamente no era republicana –¿lo es hoy?–, pero estaba harta del poder arbitrario del rey, del gobierno, de los príncipes y de la Corte, de los privilegios de los nobles que monopolizaban los mejores puestos en el gobierno, sin saber nada más que saquear al Estado, como saqueaban sus inmensas propiedades sin valorizarlas. Era republicana sólo en sus sentimientos y quería la sencillez republicana en las costumbres, como en las nacientes repúblicas de América; pero quería también el gobierno para las clases poseedoras.

Sin ser atea, la burguesía era librepensadora, pero de ninguna manera detestaba el culto católico; lo que detestaba era la Iglesia, con su jerarquía, sus obispos, que hacían causa común con los príncipes, y a sus curas, convertidos en dóciles instrumentos en manos de los nobles.

La burguesía de 1789 comprendía que en Francia había llegado el momento –como había llegado ciento cuarenta años antes en Inglaterra–, en el que el Tercer Estado iba a recoger el poder que caía de manos de la monarquía, y sabía lo que quería hacer con él.

Su ideal consistía en dar a Francia una constitución modelada sobre la constitución inglesa; quería reducir al rey al simple papel de funcionario registrador, poder ponderador a veces, pero encargado principalmente de representar simbólicamente la unidad nacional. En cuanto al verdadero poder, elegido, había de ser entregado a un parlamento en el que la burguesía instruida, representando la parte activa y pensante de la nación, dominaría al resto. Al mismo tiempo se proponía abolir los poderes locales o parciales que constituían otras tantas unidades autónomas en el Estado; concentrar toda la potencia gubernamental en manos de un ejecutivo central, estrictamente vigilado por el Parlamento, estrictamente obedecido en el Estado, y que lo englobase todo: impuestos, tribunales, policía, fuerza militar, escuelas, vigilancia policíaca, dirección general del comercio, ¡todo!; proclamar la libertad completa de las transacciones comerciales, dando al mismo tiempo carta blanca a las empresas industriales para la explotación de las riquezas naturales, lo mismo que a los trabajadores, a merced en lo sucesivo de quien quisiera darles trabajo.

Todo debía ponerse bajo la intervención del Estado, que favorecería el enriquecimiento de los particulares y la acumulación de grandes fortunas, condiciones a las que la burguesía de la época atribuía necesariamente gran importancia, ya que la misma convocatoria de los Estados Generales tuvo por finalidad hacer frente a la ruina financiera del Estado.

Desde el punto de vista económico, el pensamiento de los hombres del Tercer Estado no era menos preciso. La burguesía francesa había leído y estudiado a Turgot y Adam Smith, los creadores de la economía política; sabía que sus teorías habían sido ya aplicadas y envidiaba a sus vecinos, los burgueses del otro lado del Canal de la Mancha, su poderosa organización económica, así como les envidiaba su poder político; aspiraba a la apropiación de las tierras por la grande y pequeña burguesía, y a la explotación de las riquezas del suelo, hasta entonces improductivo en poder de los nobles y del clero, teniendo en esto por aliados a los pequeños burgueses rurales, ya fuertes en los pueblos aun antes de que la Revolución multiplicase su número; ya entreveía el desarrollo rápido de la industria y la producción en masa de las mercancías con ayuda de las máquinas, el comercio exterior y la exportación de los productos industriales al otro lado de los océanos: los mercados de Oriente, las grandes empresas y las fortunas colosales.

La burguesía comprendía que, para llegar a su ideal, ante todo debía romper los lazos que retenían al campesino en su aldea; le convenía que estuviera libre de abandonar su cabaña e incluso obligado a emigrar a las ciudades en busca de trabajo, para que, cambiando de patrón, aportara dinero a la industria en lugar del tributo que antes pagaba al señor, el que, aun siendo muy oneroso para él, era de escaso beneficio para el amo; se necesitaba, en fin, poner orden en la hacienda del Estado e impuestos de pago más fácil y más productivo.

En resumen, se necesitaba lo que los economistas han llamado libertad de la industria y del comercio, pero que significaba, por una parte, liberar la industria de la vigilancia meticulosa y mortal del Estado, y por otra, obtener la libertad de explotación del trabajador, privado de libertades. Nada de uniones de oficio, de asociaciones gremiales, de jurandes (3), ni maestrías que puedan poner freno a la explotación del trabajador asalariado; nada de vigilancia del Estado que pueda molestar al industrial; nada de aduanas interiores ni de leyes prohibitivas. Libertad entera de comercio para los patrones y estricta prohibición de asociarse entre los trabajadores. “Dejar hacer” a unos, e impedir coaligarse a los otros. 


Tal fue el doble plan concebido por la burguesía. Así, en cuanto se presentó la ocasión de realizarlo, fuerte con su saber, con claridad en sus propósitos, habituada a los “negocios”, la burguesía no dudó en trabajar en el conjunto y sobre los detalles para implantar esos propósitos en la legislación; y trabajó con una energía tan consciente y sostenida que, por no haber concebido y elaborado un ideal en oposición al de los señores del Tercer Estado, el pueblo jamás había tenido.

Sería injusto decir que la burguesía de 1789 fue guiada sólo por objetivos estrechamente egoístas. Si así hubiera sido, sus tareas no hubieran tenido éxito, porque siempre es necesaria una chispa de ideal para no fracasar en los grandes cambios. Los mejores representantes del Tercer Estado habían bebido, en efecto, en el manantial sublime de la filosofía del siglo xviii, que contenía en germen todas las grandes ideas que surgirían después. El espíritu eminentemente científico de esa filosofía, su carácter esencialmente moral, aun cuando se burlara de la moral convencional; su confianza en la inteligencia, la fuerza y la grandeza que podría tener el hombre libre cuando viviera rodeado de iguales; su odio a las instituciones despóticas; todo eso se hallaba en los revolucionarios de la época. ¿De dónde sino habrían sacado la fuerza de convicción yla generosidad de las que dieron pruebas en la lucha? También ha de reconocerse que entre los mismos que trabajaban más para realizar el programa de enriquecimiento de la burguesía, los había que creían con sinceridad en que el enriquecimiento de los particulares sería el mejor medio de enriquecer la nación en general, ¿no lo habían predicado así, con total convicción y con Smith a la cabeza, los mejores economistas?

Pero por más elevadas que hayan sido las ideas abstractas de libertad, de igualdad, de progreso libre en que se inspiraban los hombres sinceros de la burguesía de 1789-1793, debemos juzgarlos por su programa práctico, por las aplicaciones de la teoría. ¿En qué hechos se traduciría la idea abstracta en la vida real? He ahí lo que ha de darnos la verdadera medida.

Si bien es justo reconocer que la burguesía en 1789 se inspiraba en ideas de libertad, de igualdad (ante la ley) y de emancipación política y religiosa, tales ideas, en cuanto tomaban cuerpo, se traducían en el doble programa que acabamos de bosquejar: libertad para utilizar las riquezas de todo tipo en el enriquecimiento personal, libertad para explotar el trabajo humano sin ninguna garantía para las víctimas de esa explotación, y organización del poder político, en manos de la burguesía, para asegurarle esas libertades.

Pronto veremos que terribles luchas se entablaron en 1793, cuando una parte de los revolucionarios quiso pasar por encima de ese programa.



CAPÍTULO III

LA ACCIÓN



Y el pueblo, ¿qué idea tenía?

También el pueblo había sufrido en cierta medida la influencia de la filosofía del siglo. Por mil canales indirectos se habían filtrado los grandes principios de libertad y de emancipación hasta los suburbios de las grandes ciudades, desapareciendo el respeto a la monarquía y a la aristocracia. Las ideas igualitarias penetraban en los medios más oscuros; los resplandores de revuelta atravesaron los espíritus, y la esperanza de un cambio próximo hacía latir con frecuencia los corazones más humildes.

“No sé qué va a suceder, pero va a suceder algo, y pronto”, decía en 1787 una anciana a Arthur Young, que recorría Francia en la víspera de la Revolución. Ese “algo” había de traer un consuelo a las miserias del pueblo.

Se ha discutido últimamente si el movimiento que precedió a la Revolución, y la Revolución misma, contenían elementos de socialismo. La palabra “socialismo” no formaba parte de ellos seguramente, puesto que data de mediados del siglo xix. La concepción del Estado capitalista, a la que la fracción socialdemócrata del gran partido socialista trata de reducir hoy el socialismo, no dominaba como domina hoy, puesto que los fundadores del “colectivismo” socialdemócrata, Vidal y Pecqueur, escribieron entre 1840 y 1849; pero no se pueden releer las obras de los escritores precursores de la Revolución sin sentirse sorprendido por la manera en que aquellos escritos están imbuidos de las ideas que forman la esencia misma del socialismo moderno.


Dos ideas fundamentales: la de la igualdad de todos los ciudadanos en su derecho a la tierra, y la que conocemos hoy con el nombre de comunismo, encontraban ardientes partidarios entre los enciclopedistas, lo mismo que entre los escritores más populares de la época, tales como Mably, d’Argenson y muchos otros de menor importancia. Es muy natural que estando aún la industria en pañales, y siendo la tierra –el capital por excelencia– el instrumento principal de explotación del trabajo humano y no la fábrica, entonces apenas constituida, el pensamiento de los filósofos, y posteriormente el de los revolucionarios del siglo xviii, se dirigiera hacia la posesión en común del suelo. Mably, que, mucho más que Rousseau, inspiró a los hombres de la Revolución, ¿no demandaba, en efecto, desde 1768 (Doutes sur l’ordre naturel et essentiel des sociétés) la igualdad para todos en el derecho a la tierra y su posesión comunista? Y el derecho de la nación a todas las propiedades territoriales y a todas las riquezas naturales: bosques, ríos, saltos de agua, etcétera, ¿no era la idea dominante de los escritores precursores de la Revolución, lo mismo que la del ala izquierda de los revolucionarios populares durante la tormenta misma?

Por desgracia esas aspiraciones comunistas no tomaron una forma clara y concreta en los pensadores que querían la felicidad del pueblo. Mientras que en la burguesía instruida las ideas de emancipación se traducían por un programa completo de organización política y económica, al pueblo las ideas de emancipación y de reorganización económicas no se le presentaban más que bajo la forma de vagas aspiraciones, y frecuentemente no eran más que simples negaciones. Los que hablaban al pueblo no trataban de definir la forma concreta en que podrían manifestarse aquellas aspiraciones o aquellas negaciones. Hasta se creería que evitaban toda precisión. Conscientemente o no, parece como si se hubieran dicho: “¡Para qué decir al pueblo cómo se organizará después! Enfriaría su energía revolucionaria. Que tenga solamente la fuerza de ataque para el asalto a las viejas instituciones. Después se verá cómo arreglar todo”.


¡Cuántos socialistas y anarquistas proceden todavía de la misma manera! Impacientes por acelerar el día de la revuelta, tratan de teorías adormecedoras toda tentativa de aclarar lo que la Revolución ha de plantear.

Hay que decir también que la ignorancia de los escritores, en su mayoría habitantes de ciudades y hombres de estudio, tenía mucho que ver con esto. En toda aquella reunión de hombres instruidos y prácticos en los “negocios” que constituyó la Asamblea Nacional –hombres de leyes, periodistas, comerciantes, etc.–, había sólo dos o tres legistas conocedores de los derechos feudales, y es sabido que en aquella Asamblea hubo muy pocos representantes de los campesinos, familiarizados con las necesidades rurales por su experiencia personal.

Por esas diversas razones la idea popular se expresaba principalmente por simples negaciones. “¡Quememos los registros en que se consignan las redevances(4) feudales! ¡Abajo los diezmos! ¡Abajo madame Veto(5)! ¡A la linterna(6) los aristócratas!” ¿Pero a quién correspondía la tierra libre? ¿A quién la herencia de los aristócratas guillotinados? ¿A quién la fuerza del Estado que caía de las manos de monsieur Veto(7), pero que en las de la burguesía se convertía en una potencia mucho más formidable que bajo el antiguo régimen?

Esa falta de claridad en las concepciones del pueblo sobre lo que podía esperar de la Revolución marcó su huella en todo el movimiento. En tanto que la burguesía marchaba con paso firme y decidida a la constitución de su poder político en un Estado que trataba de moldear conforme con sus intenciones, el pueblo vacilaba. En las ciudades principalmente parecía no saber al principio qué hacer con el poder conquistado para utilizarlo en su ventaja. Y cuando comenzaron, después, a precisarse los proyectos de ley agraria y de igualación de las fortunas, se estrellaron contra los prejuicios respecto a la propiedad de los que estaban imbuidos los mismos que habían adoptado con sinceridad la causa del pueblo.

El mismo conflicto se produjo en las concepciones sobre la organización política del Estado, conflicto que se manifestó en la lucha que se entabló entre los prejuicios gubernamentales de los demócratas de la época y las ideas que se desarrollaban en el seno de las masas sobre la descentralización política y sobre el carácter preponderante que el pueblo quería dar a sus municipios, a sus secciones en las grandes ciudades y a las asambleas rurales. De ahí toda la serie de conflictos sangrientos que estallaron en la Convención y también la incertidumbre de los resultados de la Revolución para la gran masa popular, excepto en lo concerniente a las tierras de las que se despojó a los señores laicos y religiosos y a las que se declararon libres de los derechos feudales.


Pero si las ideas del pueblo eran confusas desde el punto de vista positivo, eran, por el contrario, muy claras en sus negaciones respecto de ciertas relaciones.


Ante todo, el odio del pobre contra la aristocracia ociosa, holgazana, perversa que lo dominaba, cuando la miseria negra reinaba en los campos y en los sombríos callejones de las grandes ciudades. Después el odio al clero, que pertenecía por sus simpatías más a la aristocracia que al pueblo que lo mantenía. El odio a todas las instituciones del antiguo régimen, que hacían la pobreza mucho más pesada, puesto que negaban los derechos humanos al pobre. El odio al régimen feudal y a sus tributos, que reducían al campesino a un estado de servidumbre respecto del propietario territorial, aun cuando la servidumbre personal hubiera sido abolida. Y, por último, la desesperación, cuando en aquellos años de escasez se veía la tierra inculta en poder del señor o sirviendo de recreo a los nobles mientras el hambre reinaba en las aldeas.


Ese odio, que fermentaba hacía mucho tiempo, a medida que el egoísmo de los ricos se afirmaba cada vez más en el curso del siglo xviii, y esa necesidad de tierra, ese grito del campesino hambriento y rebelde contra el señor que le impedía el acceso a ella, suscitaron el espíritu de rebeldía desde 1788. Y ese mismo odio y esa misma necesidad –junto con la esperanza de salir adelante–, sostuvieron durante los años 1789-1793 las incesantes rebeldías de los campesinos, lo que permitió a la burguesía derribar el antiguo régimen y organizar su poder bajo un régimen nuevo, el del gobierno representativo.

Sin esos levantamientos, sin esa desorganización completa de los poderes en las provincias, producida a consecuencia de los motines renovados sin cesar; sin esa prontitud del pueblo de París y de otras ciudades en armarse y marchar contra las fortalezas de la monarquía, cada vez que los revolucionarios apelaron al pueblo, el esfuerzo de la burguesía hubiera fracasado. Pero a esa fuente siempre viva de la Revolución –al pueblo, siempre dispuesto a tomar las armas– los historiadores de la Revolución no le han hecho todavía la justicia que le debe la historia de la civilización.





Piotr Kropotkin
 




3 - Así se denominaban en Francia, bajo el Antiguo Régimen, a agrupamientos profesionales autónomos, con personería jurídica propia y disciplina colectiva estricta, cuyos miembros se encontraban unidos bajo juramento (de ahí su nombre). [N. de E.] 

 4 - Conjunto de prestaciones monetarias o en especie que tributaban al señor los que habitaban su señorío. [N. de E.] 

 5 - María Antonieta. [N. de E.]

6 - Durante las sangrientas jornadas de la Revolución se ahorcaron a muchos aristócratas en los faroles del alumbrado público. De ahí la frase “los aristócratas a la linterna” del Ça irá. [N. de E.]

7 - Luis XVI. [N. de E.]





viernes, 2 de septiembre de 2016

Sobre la implicancia de los varones en el movimiento feminista

Cuando los varones reclamamos lo muy oprimidos que estamos por el patriarcado, a veces nos asemejamos a esos sacrificados empresarios que, frente a las interpelaciones, se quejan de lo mucho que trabajan, de los riesgos que corren y de todo lo que les ha costado estar donde están.

Que no se interprete el anterior comentario como una negación a que exista la opresión de los varones por las relaciones machistas, pues aunque en las sociedades patriarcales el colectivo oprimido son fundamentalmente las mujeres —y todo lo considerado femenino—, el patriarcado también es una relación violenta entre varones, en donde los más fuertes —sobre todo si responden a los estereotipos de la ideología dominante— conllevan privilegios sobre y contra las mujeres pero también contra otros varones menos favorecidos por su situación, sea por su edad (paternalismo, violencia padres/hijos) o por características vinculadas al marco racial/sexual/clasista.

Sin embargo los varones debemos tener cuidado de situarnos en el centro de las discusiones sobre feminismo, pues en términos generales somos nosotros, los varones, quienes ejercemos la opresión machista. Somos nosotros quienes dejamos sin sus ojos a Nabila. Somos nosotros quienes violamos y asesinamos a las dos mujeres argentinas en Montañita, dos mujeres que, según la prensa machista “viajaban solas” por Sudamérica. Somos nosotros quienes principalmente reproducimos con violencia machista los mecanismos que refuerzan el Estado y sociedad mercantilista. Somos nosotros quienes acosamos, violentamos y asesinamos a nuestras parejas cuando deciden un camino diferente al de la tiranía conyugal.

Llegado a este punto más de algún varón responderá: ¡Yo no hago nada de eso! ¡Habla por ti mismo!

Respuesta que no hace más que demostrar el error de creer que las prácticas patriarcales y machistas responden a actitudes aisladas y no a formas sociales e históricamente construidas, en donde todos —aunque en distintos grados y formas— tenemos responsabilidad. Y en consecuencia, en donde todos y todas debemos actuar, cuestionando radicalmente los modos organizativos hasta ahora sostenidos, si es que deseamos construir una sociedad libre de violencia, sin dominación de los unos contra los otros, sea a través del Estado, del patriarcado o del capital.

Tal como asevera María Galindo, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar. Del mismo modo, no se puede construir una sociedad comunista sin sostener los principios básicos del feminismo anarquista.

lunes, 8 de agosto de 2016

Venezuela: Anarquistas se manifiestan contra el Arco Minero del Orinoco

El viernes 22 de Julio, en Caracas, Venezuela, un grupo de activistas con un interés en común, manifestaron su descontento en una de las avenidas principales de la ciudad. La actividad autoconvocada, se realizó en concordancia con el Día Internacional contra la Megaminería y la Sexta Jornada Internacional de Resistencia.

El Arco Minero del Orinoco, es creado por Hugo Chávez en su proyecto gubernamental llamado "Plan de la Patria 2013-2019"(Obj. 3.4.1.8) y ejecutado por Nicolás Maduro, dónde se entregan concesiones a 150 empresas nacionales y transnacionales para el extractivismo de minerales de manejo industrial, como oro, coltán, hierro, cobre, diamante, bauxita, entre otros. Esta zona abarca el 12,2 % del territorio. Tal decreto implica la gran deforestación de la zona descrita, la contaminación y gasto indiscriminado de las fuentes hidrográficas principales y la posible muerte de fauna salvaje, impulsando el ecocidio más grande de toda Latinoamérica. El Motor Minero en Venezuela, no sólo comprende el Arco Minero, sino que también se expande hasta la Sierra de Perijá con el fin de extraer el carbón de esas tierras. También el decreto viola los DDHH de las comunidades originarias debido a que no existió una consulta previa real y también profundiza la militarización de la zona, lo que podría provocar un genocidio indígena.

Colectivos e individualidades de diversas inclinaciones políticas han denunciado este decreto como inconstitucional y por lo tanto han recurrido a una demanda de nulidad ante el Tribunal Supremo de Justicia. Este recurso de nulidad fue entregado en otra concentración afuera del TSJ el 31 de mayo, dónde explicaba lo incongruente que era este decreto con las leyes de protecciones ambientales y de los pueblos originarios siendo admitido por la Asamblea Nacional el 21 de Junio.

La manifestación del viernes, se realizó en frente del Ministerio de Finanzas encargado de administrar las operaciones económicas del Estado y uno de los principales ministerios en impulsar el Motor de la Minería en Venezuela, así como el ente que tiene el control de las concesiones otorgadas y responsables de la deuda externa.

Como libertarixs, rechazamos estas políticas económicas del Estado basadas en el engaño hacia la población de ofrecer una reforma extractivista con la supuesta finalidad de terminar con la crisis que en este pedazo de tierra se vive. El Gobierno Bolivariano promociona el AMO como una "garantía de futuro" hacia la economía nacional. ¿Es realmente una garantía de futuro hipotecar la tierra a empresas transnacionales cuyos ingresos no superan ni superarán el rentismo venezolano? ¿Se habla de "Soberanía Nacional" cuando comunidades indígenas son masacradas para llevar a cabo estas contaminantes operaciones? El gran impacto socioambiental es realmente catastrófico, mucho más cuando vemos los ríos y cuencas que se verán afectadas, así como la gran parte del territorio no podrá contar con el vital líquido debido a su uso irracional y se corre el riesgo de contraer enfermedades por medio del mismo. ¿A qué futuro se refiere Nicolás Maduro, Nelson Merentes y Eulogio Del Pino cuando nos hablan del Arco Minero?

Sabemos que el gobierno chavomadurista está llegando a su fin, y por ende, muchxs de lxs funcionarixs públicos, políticos y militares aprovecharán al máximo sus oportunidades de sacar dinero de toda esta coyuntura. Están hasta el cuello de deudas y lo que buscan es intentar salir de las mismas con este proyecto. Por eso, usan campañas de embrutecimiento y distracción como lo fue el racionamiento eléctrico, culpando al fenómeno natural El Niño de la situación crítica de la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar, sin mencionar que también es afectada producto de la minería ilegal que se desarrolla en esa zona. Prácticamente, el agua que están "ahorrando" sería para desarrollar el extractivismo en el Arco Minero del Orinoco.

Otro punto por el cual buscan llevar a cabo este plan, es para "luchar contra la minería ilegal" del cual organismo del Estado son cómplices y hasta promotores. Quieren legalizar la minería a cielo abierto y a gran escala para satisfacer sus intereses personales y económicos, dónde las mismas violaciones a los derechos humanos y ambientales que se ven en las minas ilegales estarán presentes, pero está vez, constituidas en un papel en manos de las empresas y el gobierno nacional.

La acción necesaria en este momento es la contrainformación en las calles y comunidades de lo que invisibilizan los medios de comunicación masivos, de hacerle frente a este vil engaño y que todxs se den cuenta de esta hipocresía "ecosocialista". Como anarquistas, recalcamos la importancia de nuestra autonomía y posición contestataria contra toda forma de gobierno impuesta así como los partidismos aspirantes a llegar al poder.

La invitación es para toda la gente que lee este artículo o cualquier otro relacionado a nuestra lucha por la vida para decirle "No al oro, no al carbón, sí al agua y a la libertad de los pueblos indígenas". A organizarnos y a juntarnos para la difusión de este tema tan importante y necesario en este momento.

FUERZA Y LUCHA LIBERTARIA. NO AL ARCO MINERO DEL ORINOCO. 


Fuente:AcraciA

domingo, 7 de agosto de 2016

Antecedentes sobre el impacto de la legislación laboral en el anarcosindicalismo chileno

Los siguientes momentos corresponden a un fragmento del capítulo "V.- La ofensiva estatal: legislación social y Dictadura (1924-1931)", del libro «Sin Dios, Ni Patrones. Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990)» de Víctor Muñoz Cortés; el cual pueden consultar íntegro haciendo clic aquí. El título del blog no corresponde a la fuente original. Hemos modificado la numeración de las citas para adaptarlas al formato blog.

Aunque casi 100 años nos separan de los episodios narrados, consideramos de urgente importancia —dado el contexto de resurgimiento del anarquismo en el mundo del trabajo y la contingencia del movimiento contra las AFP— estudiar las implicancias históricas del desarrollo estatal y legislativo en el movimiento obrero, anarquista y anarcosindicalista. Para tal efecto, recomendamos encarecidamente la lectura íntegra del libro mencionado. (N&A)



 



El Estado se transforma. Leyes sociales y resistencia
 

El 8 de septiembre de 1924 la Junta Militar obligó con su amenazadora presencia la aprobación del primer cuerpo legislativo en materia laboral del Estado de Chile, lo que constituyó un gran cambio en el sistema de relaciones entre el capital y el trabajo. Pero antes de continuar cabe detenerse un poco en el historial de leyes sociales y medidas de enfrentamiento que el Estado había utilizado hasta ese momento, para entender los nuevos cambios que operarán en la propia maquinaria gubernamental.

Durante todo el periodo en que usualmente se ubica la llamada “Cuestión Social” (1880 y 1925) no había un cuerpo legislativo que regulara los conflictos entre trabajadores y empresarios. Existía, no obstante, una variada cantidad de respuestas informales que solían aparecer en medio de los momentos de tensión y que se fueron modificando en el tiempo. 


En muchos casos las entidades laborales recurrían a ciertas autoridades administrativas para que oficiaran a favor de sus demandas. Ese fue el proceder predominante entre las sociedades de socorros mutuos del siglo XIX. Pero cuando el modelo orgánico laboral vinculado a las sociedades de resistencia irrumpió en tierras chilenas, se produjo un paulatino cambio en los métodos de presión. Además de la mediación informal de algunos representantes estatales (a la cual casi nunca se abandonó totalmente), se difundió exitosamente la idea de conquistar demandas por medio de la acción directa, principalmente por vía de huelgas. 

Anarquistas, socialistas y aún algunos miembros del Partido Democrático, contribuyeron a la radicalización del mundo asociativo popular. Esto derivó en que las condiciones de trabajo estuvieran directamente relacionadas con la propia capacidad de presión de los sindicatos.

El Estado modificó muy lentamente la forma de involucrarse en el mundo laboral. Durante la Cuestión Social, además de la intervención privada de algunos de sus miembros, el aparato administrativo se abocó principalmente al resguardo del orden público y a normalizar las faenas productivas en momentos de conflicto, mediante la protección de los rompe-huelgas o la facilitación de contingentes de fuerzas armadas para remplazar a los huelguistas. En momentos más tensos, el Estado procedió a reprimir violentamente a los trabajadores paralizados. El punto más dramático de esa actitud fueron las Matanzas que se ejecutaron en diversos lugares del país (Valparaíso, 1903; Santiago, 1905; Antofagasta, 1906; Iquique, 1907; Puerto Natales, 1919; San Gregorio, 1921; La Coruña; 1925) (1).


Pero junto a esta tendencia predominante del Estado en materia laboral, antes de 1925 hubo algunas puntuales medidas legislativas que buscaban reformar parcialmente la situación en que desarrollaban su trabajo los asalariados. Medidas que se deben en gran parte a la acción de algunos políticos bastante adelantados para la época.


En diciembre de 1917, por ejemplo, entró en vigencia el llamado Decreto Yáñez (en referencia a su precursor, Eleodoro Yáñez), que fijaba un método de mediación para solucionar las huelgas. El Intendente reuniría a representantes de trabajadores e industriales y él se ubicaría como relacionador. Se crearían “juntas de conciliación” y “comités de arbitraje”. Sin embargo, y debido a que la autoridad generalmente terminaba “asegurando la libertad de trabajo”, y protegiendo con ello a los rompehuelgas, escasamente los trabajadores paralizados recurrían a él. Por lo demás, los acuerdos no tenían valor legal y podían violarse fácilmente (2). 

Si bien el Decreto Yáñez no tuvo demasiada aplicación, su promulgación y sobre todo su contenido fueron un adelanto de la propia transformación del Estado en materia de relaciones laborales. Las leyes sociales promulgadas por la Junta Militar el 8 de septiembre de 1924 son el corolario de un proceso lento de sensibilización de la clase política y militar chilena. Pero son también el resultado indirecto de décadas de presión callejera.

Las Leyes Sociales de 1924 fueron principalmente siete: la n°4.053, sobre contratos laborales y regulación de trabajo de niños y mujeres; 4.054, reducción del 2% del salario del trabajador para el Fondo de seguridad social y jubilaciones; 4.055, sobre accidentes laborales; 4056, de regulación de conflictos laborales (toda huelga era ilegal); 4.057, de sindicalización legal (sindicatos profesionales e industriales), que prohibía asociarse a otros sindicatos para huelgas y prohibía las paralizaciones solidarias. La Ley también impedía la recolección de fondos económicos para sostener huelgas; 4.058, sobre cooperativas; y 4.059, que separaba a empleados de obreros, dando muchos más beneficios a los primeros y separándolos en la práctica, de los segundos (3).

Otra medida relacionada con las anteriores, fue el decreto por el cual el 1° de Mayo pasaba a ser un feriado legal. ¿Cuál era el objetivo de las leyes sociales? Varios autores coinciden en que no fueron promulgadas precisamente para beneficiar a los trabajadores. El historiador James Morris señaló: “el principal objetivo de estas leyes era prolongar el autoritarismo y no tomar un verdadero paso hacia una sociedad pluralista a través del incentivo hacia los sindicatos libres”(4). Peter DeShazo indica que, según sus estudios, “los militares deseaban lograr el mismo fin que las élites civiles, o sea, la aniquilación de los trabajadores organizados”(5).


En definitiva, parece ser que las Leyes Sociales vienen a controlar y acabar con la independencia del movimiento obrero. Como es de prever, la estrategia de los anarquistas fue mantener la autonomía de los sindicatos y de La Protesta social(6). El primer acuerdo de la Cuarta Convención Nacional de la IWW en enero de 1926, por ejemplo, invitaba a “luchar por la abolición total del Código del Trabajo y del Carnet Obligatorio”. Comenzaban así su lucha contra la sindicalización legal o forzosa, como le llamaban(7).


Por algún tiempo los anarquistas contaron con el apoyo de otros sectores, como el comunista (hasta que en la década del treinta la dirección de ese Partido dictó lo contrario). Y todos juntos llamaron a no legalizar los sindicatos. Los anarcosindicalistas se resistieron a las leyes sociales concretando campañas nacionales, como aquella que se articuló para detener la Ley 4.054 que descontaba del sueldo de los trabajadores un porcentaje para la jubilación(8). Esa empresa fue la más popular, porque dicha medida afectaba a todos y de forma inmediata. En cambio las otras leyes (las que controlaban el sindicalismo) solo dañaban directamente a las tendencias revolucionarias.


En noviembre de 1925 los libertarios crearon en Valparaíso el Comité Pro-abolición de la Ley 4.054(9). Le siguieron rápidamente desde la capital y otras ciudades en el norte y en el sur. El 22 de enero de 1926 entró en vigencia la Ley y desde entonces se reactivó la resistencia. El 20 de febrero los libertarios convocaron a un paro de protesta, pero la FOCH de los comunistas no acudió, dejando solos a los ácratas. El 30 de septiembre la Unión Industrial del Cuero inició una huelga señalando que el 2% debería ser cancelado por los empleadores(10). El gobierno llamó al diálogo para reformar la Ley y los trabajadores aceptaron. Una clara señal, según Peter DeShazo, de la debilidad de los mismos. El 1°, el 3 y el 5 de noviembre, mientras la UIC aún estaba en paro, hubo nuevos comicios en Santiago contra esa Ley en la que participaron todos los sectores reformistas y revolucionarios(11).


En diciembre hubo una gira al sur realizada por el “Comité Contra Ley 4054”, en la que viajaron el comunista Juan Chacón y el zapatero IWW Amaro Castro(12). Otra Ley que se combatió tenazmente fue la del contrato individual. Las organizaciones sindicales libertarias exigían el respeto de los convenios colectivos entre empleadores y sindicatos. En la defensa de esa demanda, hubo puntos de encuentros con otros sectores políticos para “rechazar el contrato individual y mantener contratos colectivos como único camino para defenderse”(13). Los miembros de la Federación de Obreros de Imprenta, que desde 1919 habían implantado su primer contrato colectivo (tarifado), fueron especialmente insistentes en ello(14). 


La huelga general del 17 de enero de 1927 fue la última gran manifestación social en donde se hicieron parte todas estas consignas. Iniciada por los trabajadores de ferrocarriles, sumó a todas las fuerzas sindicales y sociales existentes. Dada la diversidad y las divisiones internas, las demandas eran variadas y la unidad práctica casi imposible. Por su escasa proyección, por la represión, y por las disputas entre ideologías, la huelga acabó en desastre(15).


Todas las campañas contra el Código del Trabajo quedaron en la nada con la Dictadura militar del coronel Carlos Ibáñez del Campo, que desde febrero de 1927 y hasta julio de 1931 prohibió y persiguió, con relegación, exilio y muerte, a toda la oposición, y particularmente al movimiento revolucionario. La capacidad represiva contra el movimiento sindical disidente de la Dictadura, sirvió de marco ideal para la puesta en práctica de gran parte de la legislación en materia laboral.

Tomado del libro «Sin Dios, Ni Patrones. Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990)», Víctor Muñoz. 




1 - Una especie de extensión legislativa de la ideología “protectora del orden público”del Estado en materia laboral, fue la dictación en diciembre de 1918 de la Ley de Residencia, que facultaba a los intendentes para expulsar del país a todo extranjero que se considerara amenaza para la seguridad y unidad nacional. Con ella en mano, varios anarquistas y socialistas fueron lanzados tras las fronteras. Muchos de los afectados por aquella medida tenían un rol activo en el mundo sindical. Otro mecanismo de control en el movimiento obrero puede ser el retrato forzoso que el Estado y las empresas implantaron en algunas faenas productivas en 1917 tras vencer en la segunda huelga general de los gremios contra esa medida (la primera había sido ganada por los trabajadores en 1913)

2 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 241, 244-245.

3 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 309-310

4 - James Morris, citado por Peter DeShazo, Trabajadores urbanos..., op. Cit., p.308.

5 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 308.

6 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 331-336.

7 -“Sobre sindicalización forzosa”,La Voz del Mar, Valparaíso, 7 y 29 agosto 1925.

8 -“La ley 4054”,Adelante, Rancagua, diciembre de 1926; “La 4054”,El Obrero Gráfico, Antofagasta, 16 noviembre 1926; “Burda trampa de la Ley 4054”, El Obrero Gráfico, Valparaíso, 1 mayo 1926.

9 - Ya en 1903 se realizó un mitin en Valparaíso en protesta por la implementación del ahorro forzoso y obligatorio que se deseaba imponer en la pampa salitrera.“Actitud que se impone”, La Revuelta, Valparaíso, 11 noviembre 1903.

10 - “La Unión Industrial del Cuero fue a huelga indefinida”,Justicia, Santiago, 3 octubre 1926.

11 -“Brillante resultó el comicio”,Justicia, Santiago, 2 noviembre 1926. “El gran movimiento contra la Ley 4054”,Justicia, Santiago, 4 noviembre 1926. “Con el paro decretado por los gremios del rodado culmina hoy el movimiento contra la Ley 4054”,Justicia, Santiago, 5 noviembre 1926.

12-“Gira Comité contra Ley 4054”, La Región, Temuco, 26 diciembre 1926.

13-“Unión Gremial de Obreros y Empleados”, El Obrero Gráfico, Valparaíso, segunda quincena de agosto 1926.

14-“Nuestro contrato colectivo de trabajo”,El Obrero Gráfico, Valparaíso, segunda quincena de junio de 1926.

15 -“El gran movimiento nacional de la clase trabajadora”, Justicia, Santiago, 16 enero 1927.



jueves, 4 de agosto de 2016

¿Quién fue Gregori Petrovich Maximoff?

Gregori Petrovich Maximoff, quien murió en 1950 a la edad de 57 años, ha sido reconocido por presentar en un orden adecuado los pensamientos más importantes de Mijaíl Bakunin, proporcionando al lector una exposición clara de sus doctrinas en la obra Escritos de Filosofía Política, trabajo particularmente recomendable porque la mayor parte de los escritos escogidos de Bakunin están agotados y son difíciles de obtener en cualquier lengua. Las ediciones rusas y alemanas están completamente agotadas, y varios volúmenes de la edición francesa no son disponibles ya. Es especialmente satisfactorio que la edición actual aparezca en inglés, porque de Bakunin solo Dios y el Estado y unos pocos panfletos menores han aparecido en inglés. 

Maximoff dividió sus selecciones anotadas en cuatro partes, y ordenó en una secuencia lógica los conceptos fundamentales expresados por Bakunin sobre temas que incluían la religión, la ciencia, el Estado, la sociedad, la familia, la propiedad, las transiciones históricas y los métodos de lucha por la liberación social. Como profundo conocedor de las ideas socio-filosóficas de Bakunin y de su obra literaria, Maximoff estaba magníficamente cualificado para emprender este proyecto, al cual entregó años de duro trabajo.

Gregori Petrovich Maximoff nació el 10 de noviembre de 1893 en la aldea rusa de Mitushimo, provincia de Esmolensko. Tras completar su educación elemental, fue enviado por su padre al seminario teológico de Vladimir para iniciar la carrera sacerdotal. Aunque terminó el curso allí comprendió que no estaba hecho para esa vocación y partió hacia San Petersburgo, donde ingresó en la Academia Agrícola y se graduó como agrónomo en 1915.

A una edad muy temprana tomó contacto con el movimiento revolucionario. Era incansable en su búsqueda de nuevos valores espirituales y sociales, y durante sus años universitarios estudió los programas y métodos de todos los partidos revolucionarios en Rusia, hasta encontrar un día ciertos escritos de Kropotkin y Stepniak donde halló confirmación a muchas de sus ideas, a las cuales había llegado por sus propios caminos. Y su evolución espiritual recibió un empuje adicional al descubrir en una biblioteca privada del interior de Rusia dos obras de Bakunin que le impresionaron profundamente. De todos los pensadores libertarios, Bakunin era quien atraía más intensamente a Maximoff. El lenguaje osado del gran rebelde y el irresistible poder de sus palabras, que tan profundamente habían influido sobre tantos jóvenes rusos conquistó también a Maximoff, que durante el resto de su vida quedaría bajo su fascinación.

Maximoff tomó parte en la propaganda secreta hecha entre los estudiantes de San Petersburgo y los campesinos en las regiones rurales, y cuando al fin estalló la tan esperada revolución estableció contacto con los sindicatos, trabajando en sus consejos y hablando en sus reuniones. Fue un período de ilimitadas esperanzas para él y sus camaradas que, sin embargo, se vio cegado poco después de asumir los bolcheviques el control del gobierno ruso. Se unió al Ejército Rojo para combatir a la contrarrevolución, pero cuando los nuevos dueños de Rusia utilizaron el ejército para tareas policíacas y para desarmar al pueblo, Maximoff rehusó obedecer órdenes de ese tipo y fue condenado a muerte. Solo por la solidaridad y las enérgicas protestas del sindicato de trabajadores del metal se le perdonó la vida.

Fue arrestado por última vez el 8 de marzo de 1921, en la época de la rebelión de Kronstadt, y arrojado a la prisión de Taganka en Moscú junto a una docena de camaradas, bajo el único cargo de mantener opiniones anarquistas. Cuatro meses más tarde tomó parte en una huelga de hambre, que duró diez días y medio y tuvo amplias repercusiones. La huelga solo terminó después de que los camaradas franceses y españoles —asistentes entonces a un congreso de la Internacional Sindical Roja— elevaran sus voces contra la falta de humanidad del gobierno bolchevique y exigieran la libertad de los prisioneros. El régimen soviético accedió a esta demanda con la condición de que los prisioneros, todos ellos rusos nativos, fuesen exilados de su tierra natal.

Este es el motivo de que Maximoff fuese primero a Alemania, donde tuve la grata oportunidad de conocerle y unirme al círculo de sus amigos. Permaneció en Berlín unos tres años, y luego se trasladó a París. Allí estuvo seis o siete meses, tras los cuales, emigró a los Estados Unidos.

Maximoff escribió abundantemente sobre la lucha humana a lo largo de muchos años, durante los cuales fue diversas veces director y colaborador de periódicos y revistas libertarias en lengua rusa. En Moscú trabajó como co-director de Golos Truda [«Voz del trabajo»] y, más tarde, de su sucesora Novy Golos Truda [«Nueva Voz del Trabajo»]. En Berlín se convirtió en director de Rabotchi Put [«La Senda del Trabajo»], revista publicada por anarcosindicalistas rusos. Al establecerse más tarde en Chicago, se le nombró director de Golos Truzhenika [«Voz del Explotado»], en la que había colaborado desde Europa. Cuando dicho periódico dejó de existir, se encargó de la dirección de Dielo Trouda-Probuzhdenie [«Causa del Trabajo-Despertar», nombre surgido de la fusión de dos revistas], aparecida en Nueva York, puesto que mantuvo hasta su muerte. La lista de escritos de Maximoff en el terreno periodístico forma una bibliografía extensa y sustancial.

Entre sus escritos, se encuentra también un libro llamado La guillotina en funciones, historia muy bien documentada de 20 años de terror en la Rusia soviética, publicado en Chicago en 1940; un volumen titulado Anarquismo Constructivo, publicado igualmente en esa ciudad en 1952; un panfleto, Bolchevismo: Promesas y Realidad, que constituye un luminoso análisis de las acciones del partido comunista ruso, aparecido en Glasgow en 1935 y reimpreso en 1937; y dos panfletos en ruso publicados primero en Alemania: En lugar de un Programa, que examinaba las resoluciones de dos conferencias de anarco-sindicalistas en Rusia, y Por qué y Cómo despertaron los bolcheviques a los anarquistas de Rusia, relacionado con sus experiencias y las de sus camaradas en Moscú.

Maximoff murió en Chicago el 16 de marzo de 1950, mientras estaba aún en la flor de la edad, a consecuencia de trastornos cardiacos, y fue llorado por todos quienes tuvieron la buena suerte de conocerle. No solo era un pensador lúcido, sino un hombre de impecable carácter y amplia comprensión humana. Y era una persona integral, en la que la claridad del pensamiento y el calor de los sentimientos se unificaban del modo más feliz. El anarquismo no era para él solamente una preocupación dirigida al porvenir, sino el leit-motiv de su propia vida; desempeñaba un papel en todas sus actividades. También tenia comprensión para otras concepciones distintas, mientras estuviese convencido de que dichas creencias estaban inspiradas por la buena voluntad y por una convicción profunda. Su tolerancia era tan grande como amistosa y cooperativa su actitud hacia todos aquellos que entraban en contacto con él. Vivió como un anarquista, no porque sintiese el deber de hacerlo así, impuesto desde el exterior, sino porque no podía obrar de otro modo, porque su ser más íntimo siempre le hizo obrar como sentía y pensaba.



Crompond, N. Y.
Julio, 1952 
Fuente: Prefacio del editor a Escritos de Filosofía Política